Los libros, la literatura y el pensamiento se pasean por las páginas de este libro cogidos de la mano de Goethe, Schelling, Leibinz, Hölderlin, Lao Tse, Erasmo de Rotterdam, Hedel, Aristóteles, Platón, Sócrates, Shopenhauer, Camus, Demóstenes, Schiller, Nietzche , Kant o Cervantes.
Hanta, protagonista de la historia, hace treinta y cinco años que trabaja en una trituradora prensando libros y reproducciones de cuadros, Lo que a primera vista parece un trabajo monótono es para él un gozoso modo de vivir. Su relación con los libros que destruye por trabajo y salva por pasión se podría clasificar de amorosa y el resultado de su trabajo haciendo paquetes liados con alambres se convierte en arte.
“Todas las balas resplandecían deslumbrantes, me sabía mal tener que entregarlas tan pronto, me hubiera gustado disfrutarlas más tiempo, ir devorando con los ojos aquel espectáculo de imágenes superpuestas como una escenografía teatral, con el coro cansino de las moscas como música de fondo”
La creación artística sirve de motor de una extraordinaria trama que a través de un ritmo avasallador de pausas y remolinos nos introduce en la cotidianidad fantástica y aguda del viejo prensador que cada vez está más sólo y se va encerrando más en su propio mundo, en un universo particular que flota ingrávido en su mente.
“Apoyado en el mostrador de la cervecería Negra bebo una cerveza y me digo, a partir de ahora estás solo, a solas, solitario, tú sólo te tendrás que divertir, chico, hacer comedia contigo mismo hasta que te abandones, a partir de ahora únicamente remolinearán círculos de melancolía: avanzando retrocedes, sí, ‘el progressus ad originem es el regressus ad futurum’, es lo mismo, y tu cerebro no es nada más que un paquete de ideas comprimidas en la prensa mecánica.”
Esta soledad compartida tan solo con las ratas que habitan en su lugar de trabajo y con libros desechados por sus propietarios, se pasea por las calles de una Praga habitada por seres inauditos, estrafalarios, originales, débiles, ingenuos, puros y a veces demasiado golpeados por la vida, pero que de alguna forma llegan a encontrar cierto encanto en ambientes tan adversos, dejando la certeza de que el alma humana sólo es bella cuando está tatuada por cicatrices.
El presandor de libros vive en un país que sabe leer y escribir desde “quince generaciones atrás”, vive en un “antiguo reino donde siempre ha persistido la costumbre y la obsesión de atiborrarse pacientemente la cabeza con ideas e imágenes que aportan un goce indescriptible y un dolor más grande aún”, vive “envuelto entre personas dispuestas a dar incluso la vida por un paquete de ideas bien prensadas”.
Cada anochecer se dirige a su casa después del trabajo inmerso en una profunda meditación y con varios libros salvados de morir en la prensa y de los cuales espera que le expliquen algo sobre si mismo. Los libros le enseñan y de ellos aprende que “el cielo no es humano en absoluto y que un hombre que piensa tampoco lo es, no porque no quiera, sino porque va contra el sentido común”. Entre líneas y con sarcasmos se nos plantea que leer es un conocimiento y también un extravío. Hanta dice “Soy culto a pesar de mi mismo y ya no sé qué ideas son mías, surgidas propiamente de mí, y cuáles he aprendido leyendo”.
B. Hrabal buscó el arte en la decadencia, la marginación, la dejadez, la derrota y en la miseria visual y verbal en la que el hombre había convertido al hombre. Ninguno de sus lectores puede resistirse a la magia de su narración en primera persona y al atractivo de estos quijotes de la cotidianidad, provenientes de las fábricas y las cervecerías. En Una soledad demasiado ruidosa se entretejen reflexiones sobre el significado de la creación artística, la inconsciente mirada hacia una seductora ciudad, la reminiscencia de una soledad existencial totalmente asumida y la constante exploración del universo literario.

El cuento que Perrault publicó en 1695 que recogió de historias conocidas y antiguas, y que modificó para adaptarlo al gusto del público de aquel momento añadiéndole unos versos moralizantes, es recreado en la novela citada anteriormente por Carmen Martín Gaite. La escritora salmantina huye del clásico pero a la vez se basa en él (y en la versión de los hermanos Grimm) como armazón en su construcción: algunos motivos y algunas expresiones recordarán los puntos principales del argumento tradicional; eso sí, presentado con cierta distancia y con alegre humor.
El bosque en esta ocasión es esa isla de Nueva York que tiene “forma de jamón” con un “pastel de espinacas” (Central Park); el lobo es un importante pastelero, dulce, goloso y rico; la abuela es una antigua cantante de music hall que fuma, bebe, toca foxes y blues al piano y a la que no le gusta ni ordenar la casa ni limpiarla, pero sí contar historias; y la madre de caperucita está atada a todas las convenciones y a los miedos más irrelevantes. Así pues, abuela y madre se convierten en dos modelos de feminidad para Sara: una vulgar y simple, su madre y otra atractiva y brillante, la abuela.
El encuentro con el lobo no sabemos cuando ocurrirá y la sorpresa y la intriga aparecen con fuerza y organizan el relato. El lobo llega poco a poco, se presenta de forma fragmentada, hasta que al final se produce. Mister Wolf había conocido en su juventud a Gloria Star y ahora tiene interés en llegar primero a casa de la abuela para conseguir la receta de la tarta de fresas. Pero a diferencia del cuento clásico, a la caperucita de Gaite también le interesa que llegue primero porque le había prometido a su abuela que le buscaría un novio. El viaje por caminos distintos del lobo y de Sara se realiza en limusina. Caperucita hará el trayecto más largo, el “de la diversidad, el de la curiosidad y el juego, el gratuito” como señala María Vicenta Hernández en un estudio de este cuento. Durante el trayecto hablará con el chofer, se dormirá y soñará…, cuando llega a casa de la abuela, tarde por supuesto, ve desde la rendija de la puerta casa como también hacía Alicia en el país de las maravillas, a la abuela bailando con Mister Wolf. Comiéndosela a base de seducción. Sara decide no entrar en casa y se lanza a un viaje en solitario, con la moneda que le dio Miss Lunantic en la mano y consultando el plano, hacia la libertad.
Como señala Hernández Álvarez, Carmen Martín Gaite “hace sufrir al cuento una metamorfosis en la que aparece la huella de su pensamiento. Parodia los lugares comunes y los clichés. Modifica los contextos y los motivos; invierte, suprime, desplaza o agranda; diluye el cuento tradicional en una novela, diseminándolo, fragmentándolo, pero también integrándolo de un modo nuevo. Y sobre todo, cuenta en el cuento su propia construcción; convierte por lo mismo en vano, en un pobre añadido, cualquier artículo crítico que tenga la intención de sugerir otra mirada desde el exterior.
Carlos Edmundo de Ory falleció a los 87 años el pasado 11 de noviembre. Ory, junto a Chicharro y Silvano Sernesi fueron los creadores de uno de los más desconocidos ismos literarios “el postimo”. Movimiento literario que intentó renovar la cultura decadentista de la posguerra y convertirla en un nuevo caudal de arte y de posibilidad creadora que enlazase con la modernidad europea y la visión revisionista de la estética surrealista reaccionando así contra la poesía oficial del momento.


